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El blog de Ricardo Estévez
29
agosto 2016

Barriga cervecera, ¿mito o realidad?

 

Llega el verano y no son pocas las voces que me preguntan si la causa de su barriga es la cerveza, para luego preguntarme (con gesto persuasivo de que haga lo contrario) si se la voy a quitar. Aunque alguno ya me dice que él hace dieta pero que la cerveza no se la quiten. Bien, analicemos el caso con lupa:

El término “barriga cervecera” nace de la creencia popular para referirse a la protuberancia fruto del consumo de la cerveza en la zona del abdomen. Es, por tanto, un término relacionado con el ratio cintura- cadera (waist to hip ratio o WHR), que consiste en el cociente de la circunferencia de la cintura en cm respecto al de la cadera. Este índice según la OMS, no debería sobrepasar el cociente  0.90  en hombres y 0.85  en mujeres bajo amenaza de incremento del riesgo cardiovascular.

Dos antiguos estudios de cohortes de 1992 y 1995 respectivamente confirman la asociación entre la cerveza y la barriga cervecera, dando pie al término popular. Ambos estudios contemplan, en base al contenido alcohólico de las bebidas, una dosis de bebida considerada como «una unidad», siendo el caso por ejemplo de 36 cl en el caso de la cerveza. En el de 1992 se empleó una cohorte de 5115 adultos estadounidenses de entre 18 y 30 años procedentes de un estudio sobre riesgo coronario (Estudio para el Riesgo de Desarrollo de Enfermedad Coronaria Arterial en Adultos Jóvenes o CARDIA), llevado a cabo entre 1985 y 1986. Además del consumo de cerveza también se tuvieron en cuenta factores como fumar y la actividad física. En este estudio comentan que la cerveza estaba fuertemente asociada a nivel estadístico con el aumento del WHR, al margen de la raza o el sexo, mientras que el vino y los licores también estaban asociados al incremento del WHR, pero dicha asociación no era tan fuerte a nivel estadístico como la anterior bebida. El tabaco parece aumentar este ratio también, para los curiosos.

Ya en 1995, otro estudio mucho más grande que el anterior establece nuevos límites la hora de analizar el efecto del alcohol sobre la WHR. En este caso, en vez de la ingesta de alcohol total se clasifica a las personas según las bebidas que tomen a la semana y se divide a las bebidas alcohólicas entre “vinos” y “bebidas que no son vinos”, en el que se encontraba la cerveza. A pesar de separar la cerveza y los licores por grupos posteriormente, no me gusta este análisis porque la consideración de “una bebida” en términos de gramos de alcohol no es exactamente la misma para cerveza que para vino. En cualquier caso, en el estudio participaron 12145 sujetos de entre 45 y 64 años, hombres y mujeres afroamericanos y de raza blanca, pertenecientes a la cohorte de un estudio sobre aterosclerosis estadounidense (estudio llamado Riesgo de Aterosclerosis en Comunidades o ARIC). Un detalle interesante de este estudio es que se realizaron comparaciones por categorías entre bebedores y no bebedores, algo que el estudio de 1992 no hizo. El estudio muestra que tanto la cerveza como los licores aumentan el WHR desde la primera bebida mientras que el vino paradójicamente lo reduce. Los autores disertan sobre ello en el sentido de las costumbres sociales: la cerveza se toma más rápidamente que el vino y a deshoras, mientras que los consumidores de vino lo toman más lentamente y en el marco de las comidas, además de en menor cantidad. Esto, en esencia, es cierto puesto que cuando nos vamos de cañas no tomamos una sola y no medimos para nada los tiempos de “ejecución”. En este estudio el WHR pasaba en el caso de la cerveza de  0.914 en sujetos que tomaban <1 bebida por día a 0.955 en los que tomaban más de 6, similar pero aun así superior a los licores. En el caso del vino el WHR cambiaba de 0.924 en bebedores de menos de una bebida a la semana a 0.895 en bebedores de más de seis bebidas/ semana. Este estudio apoya de nuevo la creencia en la “barriga cervecera”

Por el año 2003, un estudio publicado en la  Revista Europea sobre Nutrición Clínica sobre cerveza y obesidad llevado a cabo con sujetos de República Checa (cuya población es conocida por ser tradicionalmente grandes bebedores de cerveza) evidencia de nuevo la relación entre la cerveza y el aumento de WHR, pero dicha relación tras ser ajustada a factores como actividad física, ingesta de fibra o consumo de tabaco resultó no ser significativamente estadística, al contrario que los anteriores estudios. Además, se puede observar en él que la cerveza produce efectos diferentes en hombres que en mujeres, pues en los primeros se relaciona el aumento del WHR con el consumo de cerveza pero no existe relación alguna con el aumento del índice de masa corporal (IMC), mientras que en mujeres sucede lo contrario. Es más, la relación entre cerveza y WHR en hombres es más fuerte  estadísticamente en no fumadores que en fumadores. Sin embargo, este estudio no apoya la creencia de la “barriga cervecera”, al no ser los resultados debidamente significativos. A nivel metodológico, este estudio dividió a los bebedores en 4 grupos según su consumo de alcohol por semana, variando entre no bebedores hasta bebedores fuertes que consumen más de 7L por semana en contraposición a las unidades de bebidas vistas hasta ahora. Como contras a este estudio podemos destacar el bajo número de participantes en el estudio (1141 hombres y 1212 mujeres de entre 25 y 64 años). Como curiosidad en este estudio miden el consumo de cerveza por litros y no por bebidas concebidas como unidad, como era el caso de los otros estudios. A pesar de que el consumo medio de cerveza (3.1 L) pueda ser mayor al registrado en EEUU, por ejemplo, los autores comentan que las diferencias en la significación de la atribución del aumento del WHR en hombres y mujeres respecto a la cerveza reside en las costumbres. Nuevamente resaltan el carácter del bebedor moderado y que consume cerveza con las comidas en contraposición a los horarios caóticos y compulsividad a la hora de beber en un mismo día por parte del público más occidental.

Para salir de dudas, en 2009 y en la misma revista científica se puso en tela de juicio una vez más este popular concepto y se utilizó para ello la cohorte del Estudio Prospectivo Europeo sobre el Cáncer y la Nutrición (EPIC), contando con una cohorte de 7876 hombres y 12749 mujeres entre 35 y 65 años pertenecientes a la ciudad de Potsdam (Alemania) que se reclutaron entre 1994 y 1998  y a los que se les realizó un seguimiento durante 8 años. La cantidad de cerveza se midió en ml por día y se agrupó a los bebedores según cinco categorías:  no bebedores (0 ml/d), bebedores muy ligeros (de 0 a <125 ml/d para mujeres y de 0 a <250 ml/d para hombres), ligeros ( de 125 a 250ml/d para mujeres y de 250 a <500 ml/d para hombres), moderados (>250 ml/d para mujeres y de 500 a <1000 ml/d para hombres) y fuertes bebedores (>1000 ml/d sólo en el caso de los hombres). Durante el seguimiento, si la gente alteraba su consumo de cerveza, en función de la significación del cambio de hábitos se les encuadraba en categoría superiores o inferiores a la que estuviesen en ese momento, habiendo gente que se mantuvo estable durante todo el proceso. Como era de esperar, un consumo más elevado de cerveza se relaciona en este estudio con el riesgo de aumento de la circunferencia de la cintura tanto en hombres como en mujeres, con un incremento de hasta un 17% como ejemplo en hombres que consumen más de 1000 ml de cerveza al día. Es curioso que este estudio sólo halla significación estadística para la reducción del riesgo de incremento de circunferencia de la cintura en mujeres abstemias o bebedoras muy ligeras, mientras que esta tendencia en hombres, aparte de no significativa, es diferente y los mayores aumentos en circunferencia de la cintura y peso se dieron en abstemios y fuertes bebedores, paradójicamente (OJO, esto se refiere a la tendencia a cambiar en base a una referencia, no quiere necesariamente decir que los bebedores medios tengan un menor peso o circunferencia de cintura). Es decir, el consumo de cerveza no afecta por igual a hombres y mujeres en relación al establecimiento de la barriga cervecera. Para las mujeres sí es cierto que a mayor consumo de cerveza, mayor es  el aumento en peso y circunferencia de la cintura (que según el estudio están relacionados), mientras que en hombres parece que existe una cierta adecuación a niveles medios pero que existe un incremento drástico del riesgo a niveles mayores de 1L de cerveza al día (lo que vienen siendo 3 cañas). Los datos presentados en este estudio controlan una gran cantidad de factores de confusión y variabilidad que los estudios de 1992 y 1995 no mostraban, otorgando peso científico al mismo. De todos modos, los autores concluyen que el consumo de cerveza a nivel general sí provoca aumentos en la circunferencia de la cintura (y de esta manera en el WHR) y en el peso, pero que el establecimiento de la barriga cervecera es algo global dependiente sobre todo de la ingesta energética total diaria o los hábitos de actividad física.

Con esto sólo puedo decir que existe una gran incertidumbre respecto al consumo de cerveza y la barriga cervecera. Es un hecho en parte verídico que la cerveza aumenta el WHR, pero falla la significancia algunas veces. De hecho son los estudios más modernos los que cuestionan la significancia de los anteriores, pero a veces hacen aguas, como es el caso de un error constante entre investigaciones  y que explicaría los fallos en el estudio de 2009 consistente en la diferencia entre los participantes en una categoría u otra (hay diferencias bastante grandes y no puedes comparar Pekín con  Madrid, por ejemplo). También, la no existencia de metodología estándar en base a la discrepancia entre consumo total por semana o por día dificulta la comprensión de los resultados. Además, se deben tener en cuenta factores como el consumo de fibra o hábitos dietéticos (no sólo la ingesta energética total). Con todo ello, puedo finalizar cortando de raíz el mito de que la barriga cervecera sea un carácter exclusivo del consumo de cerveza, pero sí tengo que destacar que influye con relativo peso en el establecimiento de la misma, y como ella cualquier tipo de alcohol (y de tapa que acompañe a éstos, que ésa es otra, como comentan en el artículo de 2009). Por tanto, desaconsejo tomar alcohol incluso aunque sea de forma “moderada”. Porque el alcohol, venga de donde venga, limita la capacidad hepática de metabolización de los nutrientes, es tóxico para las células, provoca dependencia psíquica y física e induce fenómenos de desnutrición (porque que tengas una barriga espléndida no significa que estés bien nutrido).

¿Y las claras?, ¿qué pasa con ellas?

Bien, las claras incluso pueden ser peores, ya que aparte del alcohol le sumamos refrescos altamente azucaradas como la Schweppes o la Fanta de turno. Probablemente más de 15g de azúcar por clara que causaran un pico glucémico y de insulina en sangre bastante desagradable a nivel corporal y que faciliten el depósito de los nutrientes en forma de grasa.

En definitiva, más vale que en en el futuro (si bien alguna fiesta nos podemos permitir, que somos humanos), optemos por cambiar la cerveza de la tarde por un té, una infusión, un café (con o sin leche) o un agua con gas (que no gaseosa). Y por favor, no le echéis azúcar al café o té, que estropea todo el sabor y también estropea vuestro páncreas: sabed que el sentido del gusto se acomoda y desciende el umbral de sensibilidad a todo tipo de sabores, tanto dulce, como salado, como amargo.

«Beer» by Patrik Kristian is licensed under  CC BY-ND 2.0

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